Viajó a la Antártida en 2006 a bordo del rompehielos Irizar. A lo largo de 38 días retrató el Continente Blanco sin ver la noche. El desafío de pintar con materiales al agua, en un medio congelado.
La atracción por la Antártida puede darse por distintas razones, pero nunca por casualidad. La artista plástica Marina Curci soñaba con retratar el Continente Blanco y en 2006, gracias al programa cultural de la Dirección Nacional del Antártico, lo logró. Pero, ¿por qué la Antártida?
“Primero tiene que ver con mi búsqueda dentro de la pintura que se relaciona con la naturaleza, los paisajes extremos alejados de la intervención del hombre, mucho menos de una intervención muy fuerte, como una ciudad”, explica Marina.
La historia de cómo Marina llega a interesarse por la Antártida se remonta a unos cuantos años atrás. En 1995 egresa de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y entre 1997 al 2001 estudia dibujo y pintura con el al maestro Guillermo Roux. Mientras tanto, durante1999 fue asistente del artista haciendo un mural en la torre del Bank Boston.
“Ahí empecé a trabajar pintando el río, el paisaje de la ciudad, y empecé a soñar viajar a la Antártida en el rompehielos Irizar. Quería llegar a ese paisaje extremo, completamente distinto al paisaje al que estamos habituados”.
Pintó el rompehielos desde las alturas durante 5 años y en 2004 hizo una exposición. Esto la llevó a relacionarse con el Irizar y la temática antártica y por eso pudo realizar el viaje.
Curci viajaba mucho al sur, donde pintaba paisajes y se metía dentro de la vegetación. Ha estado en bosques y montañas y establecer un vínculo con la Antártida para ella reafirmó esa esencia de la naturaleza.
Una de las conclusiones a las que llegó fue que le amplió los puntos de vista: “Es mirarte a vos desde otro ángulo donde encontrás un montón de cosas que no podés racionalizar porque no tenés los parámetros, lo vas construyendo a medida que vas haciendo tu vida”.Uno de los planteos que se hizo al momento de comenzar a trabajar fue el de que ella haría su propia versión de la Antártida, pero hay tantas posibilidades de pensar y ver ese medio en tanto personas existan. “Yo voy a hacer mi versión de esto, y voy a hacer algo dentro de lo que yo puedo hacer, que a su vez va a ser discutible porque va a estar en papel y el resto lo va a ver”, explica.
En 2006 el rompehielos Irizar partió a la Antártida con todo su equipo. Ella viajaría en la segunda etapa, hacia la Base Belgrano II, la más austral argentina. Finalmente en enero partió de Ushuaia embarcada en el Irizar invitada por la Armada Argentina. Marina preparó el viaje durante seis meses y sabía que pasaría la mayor parte del tiempo arriba del barco y lo que pintara iba a estar supeditado a un tiempo muy corto.
En ese momento no pensaba en la cotidianeidad de la vida que todo el mundo tiene que tener de dormir y comer. Ella cuenta que lo que le impactó de la vida cotidiana fue la vida misma: comer, dormir, hablar por teléfono.
“La ciudad es enorme e inabarcable, pero en el mini mundo del barco era abarcable”, contó.
Se encontró con una convivencia muy cordial, de permanente atención unos con otros, de cordialidad, solidaridad.
Por otra parte se encontró con que vivía 24 horas de sol y que iba a pasar 38 días sin ver la noche. Le costaba pensar cómo sería su ritmo sin la noche. Sintió que le tomaban un examen de la vida, pero se encontró con que la vida en el barco la ordenaba.
Marina llevó los materiales con los que trabaja siempre, que son los medios al agua, fundamentalmente acuarelas. Si bien le habían recomendado llevar ciertos elementos, decidió exponer los suyos a ese medio y ver lo que pasaba.
La primera vez que salió a la intemperie fue en un momento que el barco realizó una parada y tenía tiempo para acomodarse al clima. A la decimoséptima pincelada, el pincel se le empezó a escarchar y empezaba a ver cómo se congelaba el agua en el frasco. En ese momento empezó a jugar con la naturaleza a ver hasta dónde le permitía llegar y cada día era una experiencia distinta.
“Me pasó de tener una pista de hielo sobre el papel y cuando entré se derritió, la pintura desapareció y quedó una mancha antártica. Es muy fuerte y conmovedor, esa impronta de la naturaleza”, contó Marina.
El viaje permitió que empezaran a concentrarse ideas en su trabajo, a pulirse y despojarse de determinadas formas; la imagen se fue concentrando más en una idea. Cuando volvió de Antártida siguió con su serie de vegetaciones que tenía previa al viaje y gente que había visto sus dos muestras le decía que sus obras tenían algo de lo que ella había vivido en Antártida. Y ahí vio cómo toda la naturaleza se une.



enviando...

